Lo reconozco, a mí no me gustan los menús de las bodas

28 agosto, 2016
Lo reconozco, a mí no me gustan los menús de las bodas

Este fin de semana pasado estuvo en la boda de mi amiga Marta. La verdad es que iba radiante, preciosa, con un vestido confeccionado para ella por Joana Diestre, una diseñadora experta en moda nupcial que ofrece la oferta más completa en vestidos de novia en Bilbao y Madrid. De hecho, son tan buenos los vestidos que vende que el mío propio lo compré también en su tienda de Madrid cuando acompañé a mi amiga a las primeras pruebas. Pero así como la boda fue perfecta en todos los sentidos, me pasó lo de siempre con el menú: yo no comí bien.

Y es que esto es algo que casi me da vergüenza reconocerlo, pero a raíz de hablarlo con más gente después de cada vez que acudo a un enlace me doy cuenta de que no solo me sucede a mí, y quería compartirlo con todos por si así alguien se siente identificado y se ve menos como un bicho raro.

Normalmente los menús boda son, por así decirlo, espectaculares. En España tenemos revistas especializadas en enlaces donde se comenta lo que más se lleva, se hacen también ferias dedicadas a todo lo que mueve este tipo de acontecimientos y que año tras año se llenan de gente. Son una ayuda para los novios, que tratan de que este sea su día más especial y dejar a todo el mundo contento. Para ellos los invitados han de pasarlo bien pero también comer bien, y en abundancia, algo muy propio de donde yo soy, del norte, que si no has comido hasta reventar no ha sido una gran boda. O lo que es peor, si no te ponen marisco como si no hubiera un mañana esa boda será un fracaso y la comidilla de todo el mundo en el pueblo después.

Pues bien, ahora está de moda que en las bodas nos sirvan canapés, que incluso haya alguien cortando jamón en el mismo jardín donde se sirve el ágape, y si es en Galicia, una pulpeira. Después pasas al interior del comedor, al banquete propiamente dicho, y la verdad es que ya no tienes hambre y empiezas a comer casi a calzador. Esto es porque nuestro cuerpo comienza a saciarse a partir de los 20 minutos de haber empezado a comer, por lo que si has estado de pie picando de jamón, tortilla, pulpo, embutidos, salmón ahumado, etc., cuando entras al banquete como que cuesta ya meterte un primer y un segundo plato. No obstante, se intenta, que para eso has pagado un dineral para ponerte guapo ese día y encima haber hecho el regalo a los novios, que a veces aquello parece más un crowdfunding que una boda.

Aquí llega el problema. Yo tengo que reconocer que a mí estos menús tan elaborados que nos ponen a los invitados en los enlaces no me gustan nada. Y conozco a muy pocas personas que se hayan comido todos los ingredientes que mezcla cada uno de esos platos. ¿Qué habría de malo en poner un simple chuletón de Ávila bien hecho a la parrilla o un pescado al horno sin haberlo regado antes con mil clases diferentes de salsa? Sinceramente, a veces miro con envidia a los niños a los que le sirven el menú infantil, que comen mucho mejor que nosotros.

Entre que empiezas a sacar los ingredientes que no te gustan y aquellos que están manchados por alguna de esas salsas (porque no todas saben bien), ya has perdido casi todo el apetito y prefieres tirar de comer el bollo de pan que te han puesto a un lado. Y después todavía hay otro plato con el que haces lo mismo, y cómo no, los postres, que ahí más o menos todos picamos.

La recomida

Pero en muchas bodas, después de estar lleno (que, ojo, no significa haber comido bien), se está extendiendo la moda de que hay que recomer o recenar, e incluso si se hace de noche, hacer un desayuno si eso se alarga. Nos ponen canapés de todo tipo, desde los similares a los del principio hasta minihamburguesas. Y todo esto en gran cantidad siempre.

Yo me pregunto: ¿para qué? ¿Realmente comemos todo aquello que nos sirven en las bodas? ¿No podemos hacer unos menús más sencillos con los que realmente comamos bien y luego no tengamos que recurrir a este tipo de pijadas? Estos menús tan rebuscados, al final, lo único que consiguen es que no comamos bien y que los novios paguen un verdadero ojo de la cara por los banquetes, lo que redunda en que nosotros demos más dinero en el famoso sobre del regalo.

Seamos prácticos, comamos mejor y más barato en las bodas, por favor.