¿Cómo es el día a día en el trabajo de un decorador de interiores?

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¿Alguna vez te has preguntado cómo es el día a día de un decorador de interiores? Si sientes curiosidad, este artículo es para ti:

Recorreremos juntos el día a día de un decorador para que puedas ver cómo trabaja, qué cosas prepara, como piensa y cómo enfoca sus proyectos.

¡Empezamos!

Las primeras horas del día: cafés, llamadas y organización.

La jornada de un decorador de interiores suele empezar antes de que el resto del mundo despierte del todo. Lo primero es revisar los correos, los mensajes del equipo y las notas del día anterior. A menudo, hay que resolver pequeños contratiempos: un envío de materiales que se retrasa, una reunión que se adelanta o un cliente que pide un cambio de última hora.

Tras ese primer repaso, llega el momento de planificar. Se revisan los presupuestos, los proyectos en curso y las visitas de la jornada. Cada día el decorador se mueve entre distintos lugares: el estudio, las obras, los proveedores o los hogares de los clientes. Es un trabajo que no se puede hacer desde una silla durante horas; requiere movimiento, observación y contacto constante con personas y materiales.

En medio de ese ajetreo, los decoradores más experimentados coinciden en que lo fundamental es mantener una buena comunicación. Como sostiene Sebastián Bayona Studio, lo más importante para un decorador es escuchar atentamente las necesidades y deseos de sus clientes, para comprender su estilo, preferencias de color, objetivos y presupuesto. Solo con esa información, añaden, se pueden crear proyectos realmente a medida, capaces de maximizar el potencial de cada espacio y transmitir una atmósfera acogedora y equilibrada.

Reunirse con clientes para entender lo que no se dice.

Las reuniones con clientes son el corazón de la profesión. A través de la muestra de catálogos y muestras de colores, se trata de interpretar lo que el cliente quiere expresar con su espacio. A veces, las personas no saben cómo poner en palabras lo que imaginan, y en ese contexto interviene directamente la sensibilidad del decorador.

Durante esas conversaciones, se analiza la forma de vida del cliente: si trabaja desde casa, si tiene niños, si prefiere un entorno luminoso o más íntimo, ¡Cada detalle importa! Y la manera en la que alguien describe su casa ideal dice mucho sobre su personalidad, su rutina y sus emociones.

También es habitual que surjan dudas o inseguridades: miedo a cambiar demasiado, a arriesgar, a salirse de lo conocido. El decorador actúa entonces como una especie de guía, ayudando a transformar esas dudas en decisiones seguras. Es un proceso que comprende paciencia y empatía, porque un hogar es algo muy personal y no se puede diseñar sin respeto por lo que representa para quien lo habita.

La búsqueda de materiales.

Una de las partes más absorbentes del trabajo es la selección de materiales. No es raro que un decorador pase horas enteras recorriendo tiendas de decoración, ferias, talleres artesanos o fábricas en busca del tono exacto de madera o del tejido perfecto para una cortina.

La elección de materiales define el carácter de un proyecto. Una textura puede cambiar la percepción de una habitación, una luz cálida puede transformar una estancia fría, y un mueble a medida puede convertir un rincón olvidado en el punto más especial de una casa: detrás de cada decisión hay pruebas, comparaciones y muchas llamadas con proveedores.

Además, el decorador debe estar siempre al tanto de las novedades del mercado: nuevos acabados, técnicas sostenibles o materiales ecológicos que marcan tendencia. Esa actualización constante forma parte del día a día y exige una curiosidad inagotable. Muchos profesionales aprovechan sus ratos libres para visitar exposiciones, leer revistas especializadas o inspirarse en viajes, porque cada experiencia puede despertar una idea.

Las visitas de obra.

Si hay un momento que pone a prueba la capacidad de adaptación de un decorador, es la visita a la obra. Allí, en medio del ruido, el polvo y los imprevistos, las ideas deben aterrizar en la realidad.

No todo sale como estaba previsto: un techo más bajo de lo esperado, una columna mal ubicada o una pared que no admite el acabado deseado pueden obligar a modificar los planes sobre la marcha. Por eso, el decorador tiene que ser resolutivo y mantener una comunicación constante con albañiles, electricistas, pintores y carpinteros.

Durante estas visitas, se revisan medidas, colores y materiales, y se toman decisiones rápidas para que el proyecto avance sin perder coherencia. No es la parte más glamurosa del trabajo, pero sí una de las más decisivas. Aquí se demuestra la verdadera profesionalidad: la capacidad de mantener la visión creativa incluso cuando el entorno se vuelve caótico.

Comprendiendo el proceso creativo.

Aunque muchos piensen que el decorador pasa el día entre muestras y catálogos, la verdadera esencia del trabajo está en el proceso creativo. Todo empieza con la información recogida: las preferencias del cliente, la estructura del espacio, el presupuesto y la sensación que se quiere transmitir. Con esos datos, se empieza a construir un concepto.

Se crean moodboards con fotografías, texturas y colores que expresan la atmósfera del proyecto. Luego vienen los planos, los bocetos y las maquetas digitales, donde se definen las proporciones y se prueban combinaciones. Es un proceso de ensayo y error, de ajustes constantes, donde cada decisión tiene un impacto visual y funcional.

Esta fase requiere concentración y, a veces, aislamiento. Algunos decoradores prefieren trabajar en silencio; otros, con música o rodeados de objetos que les inspiren. Lo importante es lograr que la idea se traduzca en algo que se pueda sentir, no solo mirar.

La gestión, el lado menos visible del trabajo.

Junto a la parte artística, hay un componente práctico que consume buena parte del tiempo: la gestión. Cada proyecto lleva consigo un seguimiento exhaustivo de presupuestos, facturas, fechas de entrega y transportes.

El decorador debe coordinar a los distintos profesionales que intervienen (desde pintores hasta tapiceros) para que todo encaje sin retrasos. A veces, un error en la comunicación o un pedido mal calculado puede afectar al conjunto, así que la organización y la previsión son cualidades fundamentales.

También forma parte del trabajo atender a nuevos clientes, mantener actualizada la cartera de proveedores y cuidar la imagen profesional, especialmente en redes sociales y portales de diseño.

La entrega del trabajo.

Después de semanas o incluso meses de trabajo, llega el día más esperado: la entrega del proyecto terminado. Es el momento en el que el decorador puede contemplar el resultado completo, cuando todo cobra sentido y cada detalle encaja.

Antes de la entrega, se revisa minuciosamente el espacio: los textiles, la iluminación, los cuadros, la colocación de los muebles. Nada se deja al azar, porque la primera impresión del cliente es decisiva. Los decoradores afirman, que ver la reacción de los clientes (esa mezcla de sorpresa, emoción y alivio), es una de las mayores recompensas del oficio.

Cabe destacar, que algunos estudios aprovechan ese instante para hacer una sesión de fotos profesional que documente el proyecto.

La importancia de la empatía y la paciencia.

Aunque la parte visible del trabajo sea el resultado estético, lo que sostiene el día a día es la relación humana. La decoración se centra en profundizar en la intimidad de las personas, comprender cómo viven y qué necesitan. Por eso, la empatía se convierte en una herramienta tan importante para el decorador.

Éste debe aprender a escuchar sin imponer, a guiar sin dominar y a transformar las ideas del cliente en realidades que le hagan sentirse identificado. A veces, esto requiere paciencia: hay clientes indecisos, otros demasiado exigentes o proyectos que se complican por factores externos. Pero precisamente ahí está el valor del profesional, en mantener la calma y seguir adelante con soluciones y creatividad.

Entre la inspiración y la rutina.

No todos los días son igual de inspiradores.

Hay jornadas intensas de visitas y reuniones, y otras más tranquilas dedicadas a bocetar o pensar nuevas propuestas. ¡Pero incluso en la rutina hay belleza! Cada pequeño avance es motivo de satisfacción.

La inspiración puede venir de cualquier parte: una película, un paseo, una conversación o un recuerdo. Los decoradores aprenden a mirar el mundo con ojos atentos, siempre buscando armonías nuevas. Al final, su trabajo consiste en traducir esas sensaciones en espacios que hablen por sí mismos.

La satisfacción del resultado.

Pocos trabajos ofrecen una recompensa tan tangible como la decoración de interiores. Ver cómo un lugar cambia por completo gracias a la combinación de ideas, materiales y sensibilidad es profundamente gratificante. Cada proyecto terminado es un reflejo del esfuerzo invertido, de las conversaciones, los ajustes y los pequeños descubrimientos que surgieron durante el proceso.

Pero lo más satisfactorio es ver cómo el cliente se siente a gusto en su nuevo entorno. Cuando alguien dice “ahora sí siento que esta es mi casa”, el decorador sabe que ha cumplido su misión.

Un oficio que transforma espacios y personas.

El día a día de un decorador de interiores está lleno de retos, de decisiones grandes y pequeñas, de momentos de caos y de instantes de belleza inesperada, pero aún así, merece la pena.

Es una profesión que exige sensibilidad, organización, curiosidad y una gran capacidad de adaptación, y quien se dedica a esto sabrá que su función va más allá de transformar espacios, pues también transforma la forma en que las personas los viven.

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